Por José Chiarella
A inicios del 2012, cuando mi hija Florencia tenía ocho años, me recibió muy contenta una noche que volví de la oficina. “¡Papi, mi mami me inscribió para hacer Optimist en el verano!”. Había sido un día duro de trabajo, los primeros meses del año suelen ser periodos de mucho stress para aquellos que nos dedicamos a temas tributarios, y solo atine a sonreírle. “Espero no se haya dado cuenta que no tengo idea de que me está hablando…”, pensé y, claro, para salir de dudas le pregunte a escondidas a mi esposa, de que me estaba hablando la niña. “Es una clase de vela, tu hija quiere aprender a navegar, hoy por la mañana vio salir un bote por la playa y se ha interesado en la actividad”. Debo reconocer que, durante esos primeros meses en el club, acompañándola, me moría de vergüenza al ver que era el único papá que no tenia una trayectoria o algún antecedente mínimo de navegante. Yo solo me limitaba a mirar, cuando el resto de colegas de paternidad le enseñaba a sus hijos como hacer nudos, atar cabos a las velas, etc., en un lenguaje plagado de términos náuticos que resultaban novedosos para mí, como ceñida, botavara, barlovento, sotavento, veleta, orza, etc.
A raíz de esta decisión de mi hija, nuestra rutina cambiaria para siempre, los fines de semana, vacaciones, viajes familiares, todo comenzó a girar alrededor del Optimist y de sus entrenamientos, campeonatos locales e internacionales… porque lo que pensé sería una simple actividad de vacaciones útiles que se limitaría al verano de 2012, alteraría nuestra vida para siempre. Pero en quien más se notó el cambio fue en Florencia: se convirtió en una persona más organizada, enfocada, concentrada, disciplinada, sana (nos olvidamos de los neumólogos y de los principios de asma), competitiva… sus notas en el colegio mejoraron y su autoestima aumentó. Mostraba una buena técnica en esta disciplina deportiva, pero no destacaba por ello, ya que siempre hubo timoneles más técnicos que ella. Era el esfuerzo y la pasión que demostraba en cada regata, en cada torneo por mas irrelevante que fuera, la obsesión por siempre dar lo mejor de sí, gane o pierda, la satisfacción de acabar agotada, esforzándose hasta el final.
Con algo de vergüenza, a veces me pregunto si es normal que un padre considere que ha aprendido muchas más cosas de sus hijos, que las que cree haberles enseñado. Porque esa duda me persigue desde el verano del 2012.
Siempre intentamos viajar con ella a todos lados, toda la familia, o solo mi esposa o yo, por el Peru y el mundo, siendo nuestra hija mayor queríamos se sintiera apoyada y acompañada por nosotros. Pero no siempre se pudo. Y, como suele suceder en ocasiones, en uno de los campeonatos a los que no pudimos viajar con ella, el torneo sudamericano de 2017, que se navegó en el rio Paraná, en Encarnación, Paraguay, mi hija sorprendió a propios y extraños, convirtiéndose a los 13 años en la primera niña, la primera mujer, en convertirse en campeona sudamericana de Optimist (hasta ese año, los campeones siempre habían sido varones exclusivamente). No era la favorita, todos pensábamos que podía terminar en una buena posición en la categoría femenina, pero ella demostró y nos enseñó que podemos alcanzar nuestros sueños, con una dosis mínima de talento y con un 99% de esfuerzo, dedicación y confianza en uno mismo. Al escribir estas líneas y rememorar la anécdota, no puedo evitar emocionarme y arrancar con el mismo llanto de orgullo que no pude contener durante horas, mientras almorzaba un 30 de abril del año 2017, al recibir la noticia que Florencia era campeona sudamericana de Optimist.
Los años han pasado, mi hija está a punto de terminar el colegio, alcanzar la mayoría de edad e iniciar carrera olímpica para representar a Perú en Laser (otra clase de vela) en Paris 2024. Lo único que le pido a Dios es que siempre mantenga la misma actitud y pasión en todo lo que hace, y que nunca se desanime o se quiebre cuando las cosas no salgan como espera.